Nelson Román: raíz americana y lenguaje universal

por Hernán Rodríguez Castelo

de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

y la Asociación Internacional de Críticos de Arte.

Entre los invitados especiales –fuera de concurso– de la IV Bienal de Cuenca, Ecuador (1994), un artista se destacó especialmente: el ecuatoriano Nelson Román. La brillantez de su participación no sorprendió a quienes seguían de cerca la trayectoria del artista, en especial desde cuando intensas y lúcidas primeras etapas americanas parecieron llegar a estupenda madurez en un último tramo parisino. En París, en la pintura de Román se realiza un doble fenómeno, a primera vista contradictorio, pero de profunda lógica: por un lado, hunde como nunca sus raíces en limos americanos hondos y por otro se hace, en cuanto lenguaje, signos y símbolos, más universal que nunca.

La obra que ilustra esta nota permite apreciar lo uno y lo otro. En el «Argonautas», expuesto por primera vez en el salón del Premio Internacional de Arte Contemporáneo de Montecarlo (1994), el panel central –la nave de los navegantes

que buscaban el mítico vellocino de oro– es un conjunto de fi guras que remiten a formas americanas tan hieráticas o ceremoniales como las de viejos códices; pero esas formas, sin perder esas penetrantes alusiones a lo americano, resultan tan universales como cualquier realización postcubista. Y la ciudad hacia la que los nautas parecen ir panel izquierdo es la metrópoli contemporánea cualquiera sumida en el esmog y aislada como triste isla. Al otro lado, como sugestión del vellocino buscado, un pez fastuoso representa la naturaleza, donde la humanidad, según el artista, ha de hallar esa fuente de riqueza que se dijo en el mito.

La poética de esta obra –típica de la manera actual del ecuatoriano es la de un ya extenso período de su pintura. Es la que presidió su muestra en la Fundación Guayasamín (1995): mitos y símbolos ancestrales recuperados de sustratos obscuros de América y expresados en un lenguaje visual con poderes para hacer sentir al hombre contemporáneo lo que en ellos hubo de magia y belleza. Para ello el artista plasmó esas formas primitivas en color fastuoso en el que juega papel decisivo el oro, que es oro físico hecho pigmento pictórico y las sumió en un clima de extrañeza. Como el logrado por los verdes, rojos y oros fastuosos del «Códice rojo». O toda la serie «El Dorado», con serpientes simbólicas y peces y selvas genesiacas. El contemporáneo se construyó con ironía y penetrantes alusiones. En «Bonita banana» que anticipaba el tema de «Argonautas», la nave con los expedicionarios de máscaras áureas es, ni más ni menos, una gran banana. En una nave así viajan esas figuras americanas a la conquista de Europa…

Nelson Román pertenece a esa ola que en el arte de América, de arriba abajo, del México de Cuevas a la Argentina de Deira y Macció, redescubrió el dibujo y volvió a la figuración.

A una figuración nueva. Feísta y monstruista, rica de indagaciones y crítica de la realidad de nuestras sociedades. Junto a esta línea surgió otra: la mágica. Tentada por el rico y oscuro sustrato de estos pueblos de hondas raíces y deslumbrada por las manifestaciones maravillosas de esas profundidades. Y, más allá de esa magia americana, seducida por lo que Jean Messagier decía en su «Diario»: «Toda esa magia en espera de ser rescatada del rondo de las edades, del rondo de todo».

Román, bien equipado de dibujo por una primera etapa feísta, apostó a lo mágico. Nacido en una zona de rico folclor, entendió el valor de esos hechos y cosas como formas y signos y se dio a ahondar en aquel repertorio de claves de cosmovisión primitiva que afloran en lo folclórico. Lo hizo con un instrumento visual de exigente formación contemporánea. La síntesis de todo ello es lo que explica la espléndida riqueza y densidad de la pintura actual de Nelson Román, que tiene los poderes de hacer nuevo lo viejo, deslumbrador lo oscuro y universal lo americano.

Alangasí, en el Valle de los Chillos, febrero de 1997