
Propuestas influencias y tendencias en la vida artística de Nelson Román
Inicios
Durante su niñez y juventud, Nelson Román desarrolló su sensibilidad artística y creatividad en estrecha relación con el arte popular y las culturas ancestrales andinas, por influencia de su padre, el artista plástico Salvador Román, vinculado a imagineros populares, decoración de iglesias y contacto con comunidades indígenas de Cotopaxi; estas vivencias fueron determinantes para su formación temprana, de forma paulatina, le introdujeron en los saberes, símbolos, prácticas culturales y sincretismo de estos territorios.
Es así que, desde sus inicios, surge la necesidad de conectarse con el arte plástico, configurándose dentro de un espacio de convergencia entre tradición, realidad social y modernidad, donde la fiesta popular y el legado ancestral intervienen por medio de formas simbólicas fundamentales que atraviesan y estructuran su producción futura.
Desde muy joven, Román mostró una profunda admiración por los objetos artesanales, máscaras, textiles y vestimentas festivas; participó activamente en fiestas populares, ritos y celebraciones tradicionales, estas experiencias no solo despertaron su interés artístico y estético, sino que vislumbraron una comprensión del arte como una expresión colectiva, ritual y social.
Nelson Román y su formación en la Escuela de Bellas Artes
Nelson Román, se trasladó a Quito, lugar donde inició una etapa clave de formación y expansión artística e intelectual. Ingresó en el año 1962 a la Escuela de Bellas Artes, impulsado por la curiosidad y el deseo de conocer las innovaciones que le ofrece la capital. Recordemos que él trae consigo información y formación previa, proveniente de su familia vinculada al arte, de manera especial, su padre quien comparte con el imaginero y mascarero Jacho. Estos antecedentes enriquecieron sus conocimientos previos y le permitieron destacarse desde sus inicios.
Durante su paso por la Escuela, Román se vinculó con compañeros afines, entre ellos: Unda e Iza, junto a Jácome, con quienes conformó el grupo “Los Cuatro Mosqueteros”. Compartió con el grupo su actitud crítica frente a la academia y el arte oficial. Este posicionamiento reveló tempranamente su espíritu rebelde y su necesidad de mirar más allá de los marcos institucionales establecidos.
La llegada del profesor español Manuel Viola introdujo a Román en el informalismo europeo, con referencias al abstraccionismo de Madrid. Es el maestro Viola quien con sus conocimientos y vivencias trae consigo a occidente, a través de Goya y sus pinturas negras; Román mantuvo una postura crítica frente a la influencia española, actitud que reforzó su liderazgo y le valió el apodo de Cacique.
Paralelamente, profundizó su formación, de manera autónoma, mediante la investigación, la asistencia constante a bibliotecas. Además, su colaboración con el Instituto Ecuatoriano de Folklore posibilitó el importante contacto con el antropólogo brasilero, Carvallo Neto.
Fuera del aula, Román realizó numerosos apuntes y acuarelas de mercados, personajes populares y paisajes de Latacunga y su entorno; mientras aprendía técnicas de dibujo, pintura y grabado. En este período desarrolló una intensa vida interior, cercana a la meditación, que le conectaba a su niñez, cuando experimentó una parálisis de su cuerpo. Una constante en su vida ha sido la visión artística de carácter mágico, chamánico y místico, entrelazada con una lectura crítica de la realidad social de su tiempo.
Planteamiento social: Los Cuatro Mosqueteros
Entre 1968 y 1969, la práctica artística de Nelson Román y sus compañeros en la Escuela de Bellas Artes se consolidó dentro de un contexto político marcado por dictaduras militares y juntas de gobierno en el Ecuador; este escenario de represión, desigualdad social y precarización del trabajo influyó decisivamente en su posicionamiento estético – crítico, orientando su obra hacia una denuncia directa de las condiciones de vida de los sectores populares y de las políticas oficiales del Estado.
En esta época formó parte del grupo “Los Cuatro Mosqueteros” conformado por Washington Iza, Ramiro Jácome, José Unda y Nelson Román, unidos por un mismo objetivo, construyeron la propuesta artística denominada: el anti – salón en Guayaquil, cuestionaron abiertamente el sistema institucional del arte y sus mecanismos de validación; el grupo rechazó el oficialismo cultural y utilizó el arte como herramienta de confrontación social y política, alejándose del indigenismo y las prácticas legitimadas por los circuitos tradicionales.
Desde el punto de vista artístico, técnico y estético, esta etapa se definió por una ruptura con el realismo social dominante y con un indigenismo convertido en fórmula comercial. Román criticó la repetición formal, la pintura costumbrista y la representación estereotipada de lo indígena, entendidas como prácticas utilizables para el mercado y desprovistas de una verdadera dimensión real, crítica y social de ese entonces.
En contraste y para fortalecer su trabajo, orientó su investigación hacia los sellos arqueológicos y grafismos ancestrales, asumidos como fuentes estructurales de la memoria cultural. Estas exploraciones interactuaron con experiencias colectivas, entre ellas, el Grupo Pirú y se visibilizaron en espacios independientes, uno de ellos, la Galería Siglo XX. Esta es una época de consolidación de una práctica artística que articuló investigación histórica, resistencia política y renovación del lenguaje plástico.
Nelson Román ganó el prestigioso Premio París en 1972, este galardón otorgado por el Gobierno de Francia a jóvenes artistas emergentes, le permitió establecerse en Francia y realizar estudios en la Escuela de Artes Decorativas de Niza y la Universidad de Marsella Luminy, viaje que cambió su forma de vida, pensamiento y producción artística y le proyectó en el ámbito nacional e internacional.
Lo social y la violencia
Posteriormente, en su estadía en Colombia, Nelson Román vivió de cerca un contexto social atravesado por la violencia, el conflicto y las consecuencias del narcotráfico. Esta experiencia marcó profundamente su producción artística, habiendo sido testigo directo de estos acontecimientos, desarrolló una mirada crítica y premonitoria sobre la realidad, estableciendo paralelos entre la violencia colombiana y las tensiones sociales y políticas que también se manifestaban en el Ecuador.
En esta etapa, su obra asumió un carácter conceptual riguroso, el dibujo se consolidó y fue su lenguaje central y su herramienta de pensamiento, a través de una representación contenida y reflexiva. Román abordó temas de locura, amor y muerte, incorporando imaginarios míticos que se evidenciaron en la serie Huairapamushcas, y que actúan como metáforas de una condición humana marcada por la ruptura y la incertidumbre.
Las imágenes producidas en este período funcionaron como un reflejo directo de la realidad social que el artista observaba, más allá de construcciones simbólicas aisladas; su trabajo se orientó a comprender y visibilizar lo que estaba ocurriendo en el mundo y en su país, posicionando el arte como un espacio de observación crítica del presente y de interpretación de los hechos históricos en curso.
El impacto de esta etapa denota las visiones del artista, después del Premio París y las vivencias de su estadía en Colombia. Luego, es posible apreciar una obra vinculada a la violencia en Ecuador y Colombia. Es importante mencionar la presentación de una de las primeras exposiciones en la Biblioteca Luis Ángel Arango, hace 50 años, allí se pueden apreciar las influencias derivadas de su paso por Colombia, las mismas que consolidaron una madurez artística sostenida en la gravedad conceptual, el predominio del dibujo y una lectura real del contexto latinoamericano.
Lo ancestral-popular en la trayectoria de Nelson Román
En Paris, entre 1978 y comienzos de la década de 1990, Nelson Román desarrolló una etapa marcada por la profundización de lo ancestral y lo popular como ejes centrales de su investigación artística; este período coincidió con su participación en espacios internacionales, uno de ellos, la Bienal de São Paulo, donde su obra se vinculó con universos simbólicos relacionados con el mito, la magia y las cosmovisiones de las culturas originarias de América.
En esta fase, Román emprendió una búsqueda consciente de las fuentes más genuinas de las culturas antiguas del continente, entendiendo el arte como un proceso de investigación, identificación y reencuentro con saberes ancestrales; este acercamiento le permitió trabajar con mayor libertad formal y conceptual, ampliando su campo temático y consolidando un lenguaje propio sustentado en la memoria cultural.
La iconografía de este período se caracteriza por las nuevas visiones y proyecciones etéreas y mágicas, puestas en evidencia por medio de espejos humeantes, seres luminosos, milagros y figuras míticas, con propuestas de composiciones donde lo ancestral y lo popular se integran de manera orgánica, el espejo adquiere un valor simbólico particular como objeto o portal entre mundos distantes, cargado de historia desde la conquista, actuando, a manera de metáfora, de la fractura cultural, el reflejo impuesto y la distorsión de la identidad.
Paralelamente, asumió una postura crítica frente al legado colonial mediante el uso de la ironía y la resignificación simbólica, en la obra del Cacique Banana, concebida incluso en contextos europeos, cuestiona la noción despectiva de país bananero y lo convierte en un gesto político. A continuación, viene la propuesta de, El Dorado, la misma que marca la otra mirada de Román; aborda las problemáticas económicas y sociales de Latinoamérica, a través de composiciones complejas y antropomorfas que articulan denuncia social y potencia estética en el plano místico.
Lo mágico-mística AXZA AXZA XXIII / La ciudad perdida
Desde la década de 1990 y hasta antes de la pandemia, Nelson Román desarrolló la propuesta mágico-mística AXZA AXZA XXIII / La ciudad perdida, concebida como un proyecto de amplia libertad creativa; esta etapa le permitió explorar diversas técnicas, lenguajes y soportes, así como reflexionar sobre el diseño, la arquitectura y la proporción, ampliando su campo de experimentación más allá de los límites tradicionales de la pintura.
La noción de la ciudad perdida, está planteada como un territorio simbólico en permanente descubrimiento, construido a partir de la memoria y la acumulación de referentes culturales. La influencia de la arqueología y la literatura, especialmente Pedro Páramo y Cien años de soledad, motivan a Román para crear un universo propio en el que los objetos materiales funcionan en calidad de metáforas y la ciudad se configura como un espacio mental más que físico.
El concepto AXZA AXZA XXIII introduce una temporalidad no lineal, asociada al movimiento, el cambio y el ritmo del pensamiento creativo, la repetición de secuencias y enigmas sugiere una visión cíclica del tiempo, en la que el descubrimiento se renueva constantemente, alimentado por la memoria, la imaginación y la experiencia acumulada del artista.
Para reforzar su propuesta toma el concepto de códice, esta idea, es un eje transversal en toda su obra como objeto y como lenguaje de transmisión del conocimiento, inspirado en los códices prehispánicos mesoamericanos, documentos pictográficos y jeroglíficos utilizados para enseñar sobre el cosmos, la medicina y la espiritualidad. Retomó su carácter pedagógico y simbólico para construir una iconografía propia cargada de misticismo. A partir de referencias territoriales y míticas como AXZA AXZA XXIII, incorpora elementos, entre ellos: las plumas, el maíz, el dibujo y el collage que constituyen un lenguaje plástico que funciona como un códice contemporáneo, donde imagen, materialidad y aprendizaje se articulan por medio de formas de conocimiento más sensible y más humano.
También convergen obras y reflexiones de distintos momentos de su vida, integrando tiempos, espacios y técnicas diversas en una sola estructura simbólica. AXZA AXZA XXIII / La ciudad perdida, que constituye un proyecto total y abierto para acoger todo su legado, muy cercano a la idea de un naturalismo integral, donde lo mágico, lo místico y lo material se articulan en una síntesis de toda su trayectoria artística.
El Naturalismo Integral
A partir de los años 2000, Nelson Román desarrolla la propuesta del Naturalismo Integral, desde su contacto y su inmisión en la naturaleza, en el ámbito de Mindo. Esta es una etapa que proyecta su obra hacia una reflexión ética, filosófica y estética sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza, el ser uno en un todo y todo en uno. Esta idea surge en un diálogo con el crítico Pierre Restany y su Manifiesto en Río Negro, donde la Amazonía aparece como revelación de una energía esencial y originaria que atraviesa la vida y la conciencia humana.
En este período, Román plantea que la identidad y la conciencia que se construyen a partir del reconocimiento del ser humano que forma parte inseparable de la naturaleza, frente al hombre urbano, que se ha disociado de ella; el artista propone una visión integradora en la que el individuo puede situarse simbólicamente en el lugar de un insecto, un jaguar o una hoja, retomando una comprensión de la Cosmovisión Andina con sus culturas ancestrales.
Esta concepción se consolida a partir de su experiencia, al participar en la Bienal de São Paulo, donde Román reafirma la idea de pertenecer a una gran corriente energética natural; su pensamiento dialoga con las culturas ancestrales amazónicas, en las que el ser humano forma parte de un todo vivo y conectado, donde no existe una separación jerárquica entre naturaleza, cuerpo y territorio.
Desde 2020 hasta la actualidad, el Naturalismo Integral adquiere una vigencia particular como respuesta a las crisis contemporáneas, Román propone que el arte recupere el contacto con la naturaleza como un acto de conciencia, entendiendo que no es un espacio exterior, sino una condición interior, en esta etapa, todo está interconectado y el ser humano es un organismo vivo dentro de una trama mayor que sostiene la vida.
Seguir creando: diálogo con las culturas y retorno a las fuentes
En la actualidad, Nelson Román, plantea seguir creando con actitud crítica y vital, basada en el diálogo con las culturas y en el retorno a las fuentes del conocimiento, desde esta perspectiva, cuestiona la idea de una identidad exclusivamente occidental y entiende la historia como un campo en permanente revisión, abierto a nuevas lecturas y descubrimientos.
Nelson Román observa cómo los avances tecnológicos y arqueológicos revelan conexiones profundas entre civilizaciones antiguas, muestra de ello es la relación entre los sumerios, los griegos y ciertos relatos bíblicos, así como el descubrimiento de complejas ciudades amazónicas que reconfiguran la historia de América, estos hallazgos desafían los relatos hegemónicos y proponen una comprensión más amplia y conectada del pasado del ser humano.
En este contexto, el artista adopta una postura crítica frente al saqueo histórico de América y a las narrativas de dominación, reivindicando el conocimiento americano como un aporte fundamental a la humanidad, un diálogo cultural, con base en el intercambio y no en la imposición, se convierte en un eje central, junto a la necesidad de mantenerse activo, curioso y en constante producción para evitar el estancamiento creativo.
Retomar las fuentes concibe como una forma de nutrirse de la sabiduría ancestral y del conocimiento del cosmos. Román asume la figura del artista como mediador místico, cercano al chamán, abierto a todas las fuentes de saber, donde las bellas artes se afirman como un espacio de apertura, conciencia y continuidad creadora.
MSC. Rodrigo Viera Cruz

