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La obra de Nelson Román se erige como un puente indisoluble entre la herencia milenaria del mundo andino-amazónico y las vanguardias contemporáneas. Según los análisis de Hernán Rodríguez Castelo, Román no solo es un artista de «raíz americana», sino un buscador de lenguajes universales que ha logrado rescatar la fuerza de lo precolombino para dotarla de una vigencia perturbadora. Su trabajo es una exploración profunda de la identidad, donde el mito no es un recuerdo estático, sino una energía viva que se manifiesta a través de una «estética de la resistencia».

Como bien ha señalado Marco Antonio Rodríguez, nos encontramos ante un «arte perpetuo». La maestría de Román reside en su capacidad para transitar con igual rigor por el dibujo, la pintura y la instalación, manteniendo siempre una coherencia espiritual. En sus lienzos, la materia se vuelve sedimentaria; las texturas densas y el uso simbólico del color, especialmente sus rojos viscerales y oros rituales, evocan una «realidad fantástica» que, en palabras de Carlos Villasís Endara, trasciende el dramatismo simbólico para sumergir al espectador en una experiencia chamánica.

Desde sus inicios con el grupo «Los Cuatro Mosqueteros» hasta sus series monumentales como El ojo del jaguar o Los Danzantes de la Peste, Román ha demostrado que el arte es un acto de «eterno retorno». Su técnica es, en esencia, una alquimia: la transformación de objetos encontrados, tintas y pigmentos en tótems contemporáneos que hablan de la vida, la muerte y el sincretismo cultural de América Latina. En última instancia, la obra de Nelson Román no se observa; se habita como un rito, consolidándose como uno de los legados visuales más potentes y necesarios del arte ecuatoriano del siglo XX y XXI.