Por Marco Antonio Rodríguez
Los buenos augurios
La propuesta visual del maestro Nelson Román (Latacunga, Ecuador, 1945) es una de las más sólidas y transformadoras de nuestras artes plásticas. Su entorno fue de artistas. El padre estudió Bellas Artes; la madre lo encaminó en la literatura. Con el padre y sus tres hermanos decoró las iglesias de San Juan de Pujilí, Mulalillo, Saquisilí, entre otras. Los Jacho, imagineros de estirpe que se remonta a la Colonia, frecuentaban el taller de los Román para encarnar sus tallas en madera: cristos, vírgenes, santos… Alejandro Jacho marcó la vida del maestro Román.
Las máscaras que el artesano trabajaba para las festividades populares calaron hondo en su sensibilidad creadora y en su avidez por desentrañar el folclore, una de las vertientes de su obra. A él le debe esas asambleas de símbolos que convocan algunas de sus series: caballos, jaguares, serpientes, aves, criaturas resueltas con sabiduría y hermosura sumas. La historia, el mestizaje, el arraigo y el desarraigo —el mismo artista personifica esta paradoja, pues buena parte de su vida alterna entre Ecuador y Francia— y la búsqueda de culturas ancestrales constituyen la sustancia de su vasta obra.
A los doce años, el futuro artista sufre la paralización de su cuerpo. No había quién sanara ese mal y lo recuperara de su postración; médicos y curanderos fracasan uno tras otro. Un día, su padre le obsequia un caballo esculpido por un artesano con fama de chamán. Román se prende de su esbeltez, brío y bravura; el caballo le otorga una indeleble sensación de intemporalidad. Según el maestro, fue su energía milenaria la que lo curó de ese terrible y misterioso mal que le aquejó durante un largo tiempo. ¿Premonición de aquello que devendría uno de los capítulos de su creación: la conquista de América (El Dorado)?
Quito y la aventura
En Quito le esperaba un mundo de poética visual e intelectual en acecho de nuestras señales más remotas (el mundo precolombino, los pueblos originarios, la conquista española, las artes coloniales). Estudia Artes y se convierte en un investigador de nuestra historia, sin que este ejercicio lo alejase de su compromiso con lo que sucedía en su entorno.
A la par que estudia en la Escuela de Bellas Artes, debate sobre cultura, sociedad y política en una casa del centro de Quito, junto a José Unda, Washington Iza, Mario Ronquillo y Chiqui de la Torre, entre otros; además, acopia conocimientos sobre nuestro folclore en el instituto que dirigía el maestro Paulo de Carvalho-Neto. En la misma Escuela de Bellas Artes integra la cuadrilla de Manuel Viola, el duende del abstraccionismo español que ovacionaba la muerte viviendo hasta la extenuación la vida. Los jóvenes que siguen a Viola asumen una bohemia estrepitosa pero fecunda, abierta como un zapatón roto de payaso, listo a engullir a los sensatos, a una sociedad representada por una masa gris, pacata, temerosa e indolente.
Los primeros avatares
En 1969 se inaugura en Guayaquil un Salón de Artes Plásticas. Para entonces se había consolidado el grupo más significativo de la vanguardia de nuestras artes plásticas con Iza, Jácome y Uclés. «Los Cuatro Mosqueteros», así serán reconocidos por la historia. Inconformes con la organización y requisitos del Salón oficial, organizan el Antisalón, que concita la atención de crítica y público.
Irreverentes, insurgentes, revolucionarios en el orden político, repudian el tradicionalismo del Salón de Guayaquil donde, según ellos, se presentan formas arcaicas de las artes plásticas. Viajan a Guayaquil y despiertan la curiosidad ciudadana mediante el Antisalón frente al Municipio donde iba a ocurrir el certamen. En la noche de su inauguración, desfilan por la 9 de Octubre portando un brujo colosal para que erradique los maleficios del «oficialismo». No a la condescendencia comercialista; sí a la hoja de nuevas proposiciones artísticas y, por supuesto, a una nueva historia que refundaría nuestra nación.
Las búsquedas anteriores al «viaje»
Se ha insistido en el imperio de Goya, Cuevas y Viola en el telón ecuatoriano. Las corrientes fundacionales suelen desplegarse en nuestro continente con retraso, y sus mayores representantes, de una u otra forma, se han nutrido de más cimeros valores. Pero este fenómeno no supone desvalorización alguna. Algunos, o grupos coincidentes a veces, estremecen el quietismo (o el vértigo) de una época con una proposición transfiguradora, y esta contagia a los hacedores de arte de una región o más. Así se ha movido la historia en sus más amplias expresiones a lo largo de los siglos.
En todo caso, el genio de Goya y de Cuevas, y el de un artista como Viola durante su paso por Quito, afinaron el arte de Román en dibujo y color. Su ciclo de los setenta está señalado por un escudriñarse desaforado en sí mismo y en el universo que estaba gestándose en su oficio. Los formatos que trabaja son cada vez más grandes y, en medio de celajes abrumadores, coloca sus primeras convenciones tan caras a su obra. ¿Seres grotescos, anodinos, vacíos, simples formas o manchas triviales? No. En esa suerte de multitudes estaban leudándose nuestros pueblos originarios fusionados a los del presente, en el ir sombrío y radiante que ha signado la historia de América.
Román es el ganador del Premio de París, 1972. Lo hace con su Homenaje a César Dávila Andrade. Viaja entonces a Europa y estudia con vehemencia el collage, el ensamble y el grabado. Y empieza a esclarecer lo que será la entraña de su obra: nuestra historia, condensada en mitos, leyendas y atmósferas mágicas. En 1976 obtiene la Medalla de Oro en el Salón de Dibujo, Acuarela, Témpera y Grabado con Camino a la Santísima Trinidad, obra en la cual se advierten los códigos estentóreos de nuestra latinoamericanidad.
En 1977 presenta Asesinos y asesinados en el III Salón Nacional, un díptico de opresora energía que expone el violentismo que se cernía en esos años ominosos en América. La dilatada obra de Román es una sucesión de constantes asedios a lo nuestro, pero no es solo su expresión ni la constitución de otra realidad; es, además, una colosal pregunta sobre la realidad de esa realidad. Una interpolación y, muchas veces, una pertinaz controversia. Pocos artistas como Román, en nuestro continente, han mostrado de modo tan certero nuestra genuina naturaleza. Por el devenir histórico y cultural, dependemos de Occidente, no de ese difuso y menospreciado «tercer mundo» acuñado por sociólogos, economistas y, sobre todo, por la demagogia política. Extremidad de Occidente. Insólita, pero milagrosa.
Luego de su primer viaje a Europa, lo invitan a recorrer varios museos de Estados Unidos. En Los Ángeles expone en varias oportunidades. Óleo diluido en papel y sanguina se abren paso en amplios formatos y el tema de la violencia empieza a erigirse en una de sus obsesiones. Picasso (a quien Román le atribuye su exuberante libertad y su vigorosa posición dialéctica) es también su maestro y vivo referente.
Román es y será un obstinado contradictor de lo que halla y más aún de las «modas». Su obra encarna la inmensurable, enigmática y clandestina tramadura del mestizaje americano (amerindio). Román abomina el despiadado y atropellado avance de las tecnologías que solo sirven para alentar el consumismo y postergar la naturaleza humana. Su ingente obra renueva estatus y paradigmas, elude el «cartel», el preciosismo o el arte coyunturalista; es decir, el que está en boga porque ha sido bendecido desde los centros de las artes mundiales: Europa y Estados Unidos.
Entre París y Quito
Román se instala en París, pero volvía a Quito con puntualidad que enseña y edifica. Muchos artistas se autoexpatrian, encuentran la ruta del éxito comercial y se olvidan de su lugar de origen, craso error: «las patrias abandonadas suelen vengarse», sentenció Alfonso Sastre. El maestro Román jamás dejó de venir al Ecuador por lejos que le llevara su arte. Él sintió, entonces, en carne viva aquello que se ha denominado el shock cultural.
Sin embargo, fiel a la esencia de su arte, sigue iluminando nuestra comarca mítica y perdida para que nosotros entremos a ella no como a una ficción, sino como a una realidad. Román es el gran cronista del mestizaje y su narración es palpable como el irremisible paso de los caballos de sus lienzos por nuestra memoria histórica. Símbolos que exhalan un aire altivo, desafiante pero polémico, en invención constante de nuestro destino propio, no importado, no impuesto, no «plagiado», no espurio. El maestro Román es un innovador de las artes plásticas latinoamericanas porque, además de que su obra constituye una expresión única e ideal del arte, es también revelación de nuestros laberintos más ocultos y una anunciación de los caminos por los que hemos de transitar. Se trata de una honda, virtuosa y deslumbrante producción, donde los signos parecen subterrarse, pero siempre son absorbidos por el significado total, dentro del cual todo se resuelve en una magnífica y alteradora unidad: perpetua metamorfosis de la realidad, cambio continuo de la vida, en nuestra hora y en las propias y singulares ultimidades humanas del artista.
El periplo
El dibujo y las destrezas en el uso del color los vislumbra en su provincia natal. En Quito llega pronto a ejercer pleno dominio de estas materias. Cuevas y Viola impregnan su estilo en los dos ámbitos y varios artistas pintores de la generación de Román se nutren de ellos. Pero no son solo ellos. La Escuela de Bellas Artes de Quito tuvo excepcionales maestros y Román se empapaba de todo lo que enseñaban. En París, asimismo, consume todo lo que puede: museos, talleres, bibliotecas… sitios donde se inspiraron los grandes maestros de comienzos del siglo XX fueron otros sustentos de su creación.
En su comarca de origen se deslumbró con la imaginería de los Jacho, pero también por el folclore. Vivencias y conceptos acaso incipientes, pero indelebles de su formación. Comprensión de qué somos y de que queremos ser otros. Todo, por cierto, desde la argamasa de nuestra pluralidad cultural, humana y social. Los orígenes y contenidos de la obra del maestro Román y sus resonancias latinoamericanas son notables de por sí, con solo el hecho de ser.
En los ochenta y noventa, el maestro Román va desde un paisaje adensado de colores deslumbrantes hasta la inserción en sus obras de elementos extraídos de nuestros usos, costumbres y tradiciones, pasando por paisajes que aluden a zonas que mantienen su belleza primigenia. El azul en sus más ocultos matices le sirve para situar personajes de su fecunda imaginación. Y en este período aparece su fascinación por el erotismo. Su serie Los amantes de Sumpa es otra evidencia de su acendrada americanidad. El hallazgo en la península de Santa Elena de los despojos de dos amantes muertos en un abrazo eterno, pertenecientes al Paleoindio (8 o 10 000 años a. C.), servirá al artista para zahondar en el erotismo plagado de símbolos alusivos a esta metáfora única. Yacían debajo de piedras seguramente colocadas para preservar su entrega amorosa.
Román, como lo hará con otros episodios o personajes históricos (su instalación alrededor de Caspicara constituye otro hito de nuestras artes visuales), se apropia de los Amantes de Sumpa y logra una serie admirable. La riqueza del arte de Román gravita en su capacidad para divulgar la realidad de la materia iluminada por el espíritu, que es quien de verdad nos habla; al mismo tiempo, la eficacia de este diálogo abre una sucesión de posibilidades sensoriales que, libres del sentido último de cada una de sus series, nos remiten al goce de su creación.
Acude al recurso del retablo (mestizo) y máscaras de tiempos inmemoriales recreadas por su propio talento para levantar otras series de raíces americanas. El tiempo, según la concepción de nuestras culturas madres, es también preocupación cardinal de Román y la resuelve en su integración con la nuestra. Sus series AXZA AXZA XXII (Ciudad perdida. Mitad del Mundo, 1989) continúan plasmando nuestra ancestralidad, todo mediante procedimientos de vanguardia. (Viaje a la ciudad perdida, titulamos un ensayo a propósito de esa instalación).
El caballo y los felinos —leones, jaguares, serpientes—, arcángeles-caciques, flechas, ramajes, peces… fundan sus asambleas, y los colores magistrales les otorgan sentido de elegía y sacralidad, epinicio y excelsitud, en tanto eleva en su arte toda la grandeza de nuestros orígenes históricos. Su creación de novísimas formas se alía a su lealtad con el discurso de su tiempo y de su pueblo, como ocurre con los artistas creadores que remecen las artes visuales de su época.
El Dorado será otro de los aportes fundamentales de Nelson Román a las artes visuales americanas. Aquel Dorado que con tanto frenesí buscaron los españoles en su conquista de América. Oro y sangre. Inagotable resplandor. Espejismo y delirio. Dioses, chamanes y pueblos arrasados por la codicia del conquistador, redivivos por el arte del maestro. Miedo y muerte, pero también destellos de luz cegadora: la del amor que fecunda, la de los dioses que no permiten el acabamiento de la vida.
El sol lo sabe y se silencia. Conoce los recónditos secretos y no los dice; se oculta detrás de máscaras, al igual que el león, los Argonautas de la selva o los habitantes de la América conquistada. Siempre el oro como supremo horizonte del ser humano. Román ironiza. Monte de las serpientes y Bonita banana, descubridor de Europa, otra de sus series, tiene como eje una nave devenida en banano; sobre ella, hienden el aire marino los argonautas, y en el agua se escurre la serpiente emplumada. Los originarios de América iban, en una suerte de inocua venganza, a descubrir el país que los conquistó.
Símbolos ritualísticos, señores del viento, semidioses enquistados en atmósferas absueltas en un sinfín de colores, elementos misteriosos sobre cuya función o utilidad poco o nada se sabe, pero que, por la perfección dotada por su artífice, esplenden y subyugan; guerreros traídos de tiempos remotos (de aquellos que se ciernen desde la muerte o desde la vida después de la muerte), nupcias del agua, el fuego y el aire, amores tempestuosos, serenos o desechos por el olvido, deidades, aves, animales, instantes petrificados por la orden de algún dios bondadoso o malévolo (nunca se sabrá), riscos, el jade de la inmortalidad, movimientos del ser, palpitaciones de la historia, grafías danzantes, ondulación y acento, riqueza y sobriedad, energía concisa, sensualidad y fantasía, monumentalidad y severidad, equilibrio como sinónimo de grandeza, sangre roja y negra y otra vez roja, el flujo de la vida y de la muerte: el universo americano de Nelson Román.
Y en París, el notable innovador que es Román sorprende otra vez, de cara al nuevo siglo y al nuevo milenio, con arte de vanguardia pero de levadura americana. Pintura sobre fragmentos de carteles parisinos. Más que la «sordidez», la obscenidad de la Ciudad Luz aprehendida por la mano de un artífice. Desechos del metro de París pintados y ungidos con la técnica del collage. El fasto de la obra riente por sus connotaciones intrínsecas: el artista latinoamericano que toma posesión de Europa en las entrañas de la fascinante serie Visiones y alucinaciones de París. Tiempo detenido o, más bien, tiempo violado, humillado. Del ardoroso desafío queda un solo triunfador: el arte.
Caspicara y Román
Encuentro de dos grandes: Caspicara y Román. Cuentan del primero que acaso no existió. Que la gente de la Colonia quería conocerle porque admiraba las imágenes que trabajaba: cristos, vírgenes, adanes, evas, muchachas rollizas recién amanecidas de la vida, de leves senos y formas matinales. Execraban su audacia por tallar desnudos, pero lo reverenciaban. No dejó rastro de su vida ni partida de nacimiento o defunción, tampoco testamento. Por nombre y sobrenombre fue indígena. Se llamaba Manuel Chili y lo apodaban Caspicara. Chili significa frío en quichua y Caspicara se descompone en caspi: madera y kara: piel. Si existió o no nadie lo sabrá jamás, pero su obra, de las más excelsas de su tiempo en América, está allí en altares y museos de Quito y de otras ciudades latinoamericanas.
Nelson Román entabló con el genio indígena un diálogo memorable. Interlocución que irrespeta tiempo y espacio. Reflexión inolvidable sobre una de nuestras raíces: lo indígena fundiéndose en la argamasa del mestizaje. Incisión en el pasado para tejer la historia que vendrá. Sondeo en el tiempo sobre lo que fuimos, a fin de emplazarnos a que nos conozcamos mejor. Propuesta rotunda y transformadora. Los materiales de ayer y de hoy en fusión magistral.
El maestro Román se desvivió en el estudio anatómico de las figuras de Caspicara, pulsando su movimiento, su emotividad y, sobre todo, su sensualidad. (La verdad trascendente nunca se distancia de la corporeidad sensual; por eso, el espíritu se hace carne). Y el derroche de técnicas del maestro de nuestro tiempo: óleo, acuarela, pastel, lápiz, carbón, papelógrafos, telas, cartulinas, madera… para revivir a Caspicara, el escultor ecuatoriano universal.
El mismo día de la inauguración de esta muestra, el maestro Román presentaba en París otra de sus series, Visiones y alucinaciones de París, monumento exploratorio del París oculto, del que no se «ve» en las grandes ciudades porque su grandeza lo escamotea. En cuanto a su encuentro con Caspicara (pacto de dos colosos), Román no se represa en devolvernos al gran escultor de la Colonia, contemporalizándolo, sino que aprovecha la ocasión para contarle a Manuel Chili los infortunios que vive su pueblo latinoamericano, despojado de todo lo que por ley divina y humana debe pertenecerle.
El naturalismo integral
En el decenio de los sesenta del siglo XX, Rachel Carson alertó al mundo contra el abuso del hombre occidental de sustancias tóxicas contra la vida. Carson llamó «elixir de la muerte» a los químicos inventados por la ciencia y tecnología occidentales. Y la voz de Carson se esparció por nuestro mundo, convirtiéndose incluso en el soporte de movimientos políticos. Mucha de esta defensa respecto de la naturaleza puede apreciarse en el trabajo de los últimos años de Román.
Pero el artista no se ha circunscrito a la epidermis de este asunto y sus alrededores, sino que se ha internalizado en él, forjando una óptica de naturalismo integral, suerte de cosmología catalizadora y aceleradora de nuestras facultades de sentir, pensar y actuar. Este naturalismo debe resistir el avance insofrenable, ciego e inhumano de la civilización industrial y urbana. La sustancia nutricia del realismo es la metáfora del poder religioso, económico y político. El naturalismo es otro estado de sensibilidad; en este se preservan (y enaltecen) los valores esenciales del ser humano y del arte. Compleja simplicidad. Apremio de sí mismo. Vasto espacio donde el color y la forma se colman de significaciones de un modo natural. El mundo nos despeja sus celadas y se entrega. Pero la sustancia de este juego reposa en la inescrutable comprensión y la reseña directa del enlace sagrado de la realidad. De él parte y a él nos guía mediante su conmovedora y regia celebración en la obra, el arte vivo ya para siempre y en inalterable proceso de magnificencia del maestro Nelson Román.
El maestro Román es un innovador de las artes plásticas latinoamericanas porque, además de que su obra constituye una expresión única e ideal del arte, es también revelación de nuestros laberintos más ocultos y una anunciación de los caminos por los que hemos de transitar.

