«Únicamente un análisis sistemático del proceso creador, en el que cada eslabón proyecta las propiedades, la influencia de los restantes, puede acercarnos a la verdad sobre el arte» – LAZAR KOPRINAROV
El arte es un proceso de creación y de percepción. Por lo general los jóvenes artistas, casi siempre, están en constante cambio en su búsqueda de encontrar y tratar de ubicarse en un «movimiento estético», y, si alguna vez, fue parte de uno de ellos -como la «abstracción»-, más tarde su obra puede estar al margen de este. Por tanto, se debe comprender que un «ismo» no tiene forma, cambia constantemente y es difícil predecir en qué dirección marcha con su obra. Esta consideración, se podría aplicar al «expresionismo», más que a la mayoría de los demás movimientos.
En el caso específico del Artista NELSON ROMÁN, tratando de situarlo -casi desde su inicio- en el contexto de este «movimiento», la cualidad de énfasis y deformación expresivos pueden ya hallarse en algunas de sus obras, que es su percepción y representación de su mundo circundante, donde busca reflejar primariamente sus emociones y prefiere renunciar a la fiel imitación de la naturaleza. Deforma y estiliza la realidad, pero no la modifica. Más que un estilo pictórico es una concepción de la vida, su manera de mirar al mundo desde adentro.
Adapta como elementos simbólicos más accesibles: la distorsión expresiva de rostros y cuerpos, que, al transfigurarlos, logra un notable vigor compositivo. Mantiene un planteamiento pictórico y técnico, desvinculado de recuerdos académicos que se perder su significado conceptual, logra curiosas y a menudo grotescas deformaciones, con cierto sentido surrealizante de la figuración. Que da como resultado la armonización del dominio de la forma con la expresión, vinculando la realidad visible con la descripción de la visión subjetiva y simbólica: generando un mensaje pictórico tan existencial como misterioso.
En el caso de su obra gráfica, gracias a su agudeza de observación de las pequeñas realidades de la vida y del mundo que le rodea, se distingue por la libertad de su ejecución: de vez en cuando se abre paso un humor grotesco, incisivo, sin contar una emoción pictórica que cautiva por su innato afán de fabular de que hace gala, pero sin perder el contacto con la realidad de los sentidos.
Largo e intenso es el camino recorrido por NELSON ROMAN:
– De la búsqueda de un concepto diferente y personal de la representación figurativa, donde trata de transformarla para crear otra de sentido personal, con una distorsión deliberada que da cierta sensación de desintegración o movimiento; por la pasión de la expresión, eliminando todo lo efímero, para alcanzar la distorsión formal o la morbidez temática que comunica emociones.
– A la búsqueda de la pureza de la concepción, la sobriedad del trazado, la concreción de su personalidad; deliberada y conscientemente elude la anécdota, lo pintoresco o lo folclórico en su manifestación superficial: la tierra -misteriosamente afirma su presencia, en tanto el espíritu se nutre de aquel imponderable que son las tradiciones, el alma nacional, la conciencia del ser arraigado en sus costumbres, en el esoterismo de su religión.
Trata de experimentar e interpretar la realidad, pero de un modo distinto y personal. Esta búsqueda da como resultado otra manera de abordarla y de informar dicha realidad, susceptible de cobrar forma lo visible y lo invisible, porque existen innumerables relaciones e interrelaciones, muchas formas ocultas o enterradas que requieren, que solicitan cobrar imagen: fenómenos y representaciones aparentes, sueños y visiones del mundo actual y olvidado, del mundo conocido y desconocido…
Pretende captar e imbuirse del espíritu artístico y religioso de la «Escuela Quiteña», de
sentir la realidad existencial de aquella de especial transición colonial en la pequeña y convencional ciudad de Quito, del misticismo que imponían las diferentes Órdenes Religiosas y las Cofradías de superar el mañana a golpes de oraciones…
No trata de captar únicamente la belleza de las formas, la meticulosa recreación de los encarnes, la dolorosa dramatización de pasajes bíblicos, el expresivo martirio de rostros y cuerpos, pretende adentrarse en el espíritu mismo de los Talleristas recreadores. El perfeccionamiento del dibujo, le permite a Román, intuir estados anímicos de cada uno de los personajes por él seleccionados: el Niño que descansa sin premonitorios mañanas; San José reordenando sus sueños; la Virgen María transfigurada por los Misterios; el rostro y cuerpo de Cristo en la Pasión de la Crucifixión y de la Resurrección; además, recrea los pudorosos desnudos bíblicos de Adán y Eva o los recatados momentos íntimos de las damas quiteñas.
Dibujos realizados con técnicas de sanguina y de tizas especiales: a través de trazos nerviosos o violentos, con metódicos juegos luz y sombras. Apasionado en su misión, reordena los espacios, fragmenta los cuerpos, reconstruye las expresiones, analiza cuidadosamente la impresión del color, genera nuevos estudios de los mismos modelos.
Las propiedades formales de sus temas, son secundarios frente a su preocupación de comunicarse con el espectador. El paisaje y la figura le preocupan, pero como sentimiento. La energía del trazo adviene de su búsqueda por solucionar problemas de descripción y expresión. El sentido del espacio lo entiende como algo dinámico y cambiante, en lugar de estático, al conseguir un estilo más espontáneo en que enfatiza el papel primordial del color, donde la línea es inicialmente accesoria y se la incluye en la pintura como límite de planos.
El estudio del movimiento de la figura en el espacio, se convierte en un medio para adquirir un sentimiento de relación entre sólidos y vacíos. El uso deliberado de sombras y de contornos repetido y pronunciados, comprueba su interés por el principio de plasticidad tanto en el dibujo como en la pintura. Además, la importancia que da al plano como elemento estructural, así como el medio para crear el espacio pictórico.
Todas las formas atrapadas en su paleta adquieren dimensiones fabulosas: grupos humanos que tratan de liberarse del demonio y castigo de las fuerzas ocultas que se originan en la nueva religión impuesta y en sus antiguas tradiciones; animales mitológicos que se rebelan a toda domesticación; extraños paisajes crepusculares que recrean nocturnos aquelarres…, los consigue redistribuyendo los espacios para romper el equilibrio logrado con el color. Ardientemente romántico pero frío investigador de nuevos ritos indoamericanos, de la realidad esotérica del pueblo y de su identificación con los hechos religiosos, que se suscitan y conservan en los diferentes lugares de la Patria.
Para lograr el equilibrio, acorde entre el proceso creativo y la búsqueda de elementos «mágico-mítico-paganos» que, en simbiosis con la religión católica, se macera en el corazón del pueblo: distribuye los planos y elementos que componen el cuadro, de acuerdo con el juego óptico que generan las figuras y el color. La perspectiva se distorsiona para crear ambientes aparentemente estáticos, que obligan a los personajes a ubicarse y repartirse en el primer plano de este gran escenario: el paisaje se extiende o recoge como una memoria y sirve de panel de fondo para los cielos azulados, verdosos o cobrizos-, morosamente trabajados con la superposición de capas pictóricas, hasta conseguir la consistencia y calidades morfológicas de cuero, madera o metal.
El proceso evolutivo del Artista ROMÁN, ha permitido que sus etapas estéticas puedan ser reconocidas y analizadas, tanto en su conjunto como en sus diferentes épocas. Este artista sorprendente, consciente del valor de sus obras, ardientemente romántico pero
frío investigador de sus raíces, de la realidad esotérica del hombre y de su identificación con los hechos míticos y mágicos, que se generan en la Historia de los pueblos indoamericanos: se a dentro en uno de los sueños más utópicos, la búsqueda de «El Dorado”, el mítico Reino donde la realidad se funde con los sueños, en pos de la eterna persecución del «vellocino de oro». La basta y desconocida Amazonía, es el laberinto donde la muerte acecha entre las
sombras: una gran barca flotando en la distancia, atiborrada de seres y de fantasmales guerreros, al centro descuella un caballo símbolo español-, ¡al frente y en la proa una ciudad perdida entre la niebla! y, en la popa un inmenso y dorado pez…
La búsqueda de un concepto diferente y personal de la representación figurativa, que trata de transformarla para recrear otras posibilidades, con una distorsión deliberada, que da cierta sensación de desintegración o movimiento, gracias al uso de la «grafía», que elimina todo lo superfluo para encontrar la discordia formal o languidez temática en los peces y pájaros que irrumpen y se adueñan de los espacios, aprovechamiento del «collage», que textura la materia cromática, a fin de alcanzar la simplificación de los conceptos y la sobriedad del trazado; e ludiendo lo anecdótico, lo pintoresco o lo folclórico.
La desacralización del objeto artístico es una operación de tipo conceptual, testimonia un aspecto distinto del obrar artístico, y que NELSON ROMÁN lo desarrolla en todos sus procesos creativos; a más de su impacto perceptivo, desvinculado objetivamente del modelo, y dirigiendo preferentemente a la ideación de un motivo en que la obra suscita o evidencia una situación o una imagen mental…, de la poética «dadaísta».
Este fenómeno de la desacralización del objeto artístico, a través de su recosagración en los variados tipos de «ready-made», es una importante operación de tipo conceptual que alcanza en sus obras, ya que testimonia un aspecto distinto del obrar artístico. Es por tanto un interés «metafórico» dirigido a la naturaleza, a los objetos, a las acciones y a las sensaciones; que cuando la teoría no se adapta a los hechos, estos se cambian para que la teoría no sufra crisis; ya que los mitos se refieren a los orígenes, pero son producto de las transiciones. Entonces, el artista pudo empezar a intuir que la serie de siglos, ritos, símbolos, fenómenos, lenguajes, manías que conforman la costumbre, es realmente la vía que traza la larga sombra del folclore.
QUITO, agosto 14 de 2010
Carlos Villasís Endara
Crítico de arte

